MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES Y CULTO
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Revista Argentina de Economía Internacional - Número 2

Fecha de publicación: 
Lunes 23 diciembre 2013

La crisis global, lejos de transitar por la vía resolutiva, ahonda los dilemas propios que todo horizonte de tormenta conlleva. Desde que se desató entre 2007 y 2008 hasta la fecha, los partidarios de la austeridad a escala mundial vienen ganando la disputa con argumentos que demuestran (una vez más) su ineficacia. La ironía es que cuando más demanda se necesita, menos predispuesto se está a marchar por esa senda.

Los países desarrollados parecerían mostrar intermitentes signos de recuperación mientras los países en vías de desarrollo vienen desacelerando su ritmo de crecimiento y enfrentando nuevos obstáculos cada vez más complejos. Entre ellos, se destaca primordialmente el desafío de constituir mercados internos sólidos que puedan dinamizar sus propias demandas, restando protagonismo a la salida exportadora, que viene exhibiendo serias limitaciones desde el estallido de la crisis.

En este contexto, el plano conceptual resulta clave a la hora de entender y reflexionar acerca de los desafíos, que nos interpelan y nos movilizan. Más aún cuando toman protagonismo estrategias de desarrollo (mejor dicho, de crecimiento) completamente anacrónicas a esta nueva realidad y con resultados adversos, que ya hicieron de las suyas conforme lo atestigua la experiencia de gran parte de los países en desarrollo durante las décadas pasadas.

En la disputa de las ideas por el desarrollo, un tan nuevo como viejo concepto alcanzó visibilidad: “las Cadenas Globales de Valor” (CGV). Nuevo, porque por primera vez en la historia de la humanidad, en 2009 el comercio mundial de bienes intermedios superó al de productos terminados. Viejo, porque este fenómeno refleja una forma de organización de la producción (donde el bien final contiene piezas y partes que son fabricadas en diversos países vinculados entre sí) que no tiene nada de novedosa: la globalización de la producción es un proceso histórico inherente a la propia expansión del capitalismo.

Ese protagonismo de las CGV se materializa en los foros más importantes de la arena económica internacional (Organización Mundial de Comercio, G-20 y la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo, entre otros). En esos espacios, los países desarrollados enarbolaron la idea de que todas las naciones -y en particular, aquellas en desarrollo- deben insertarse en el encadenamiento productivo mundial en pos de modificar su condición de no desarrollado. Una vez insertos, la movilidad ascendente y el derrame al resto de la economía de los beneficios de la inserción empezarían a cobrar protagonismo en pos de llegar al objetivo primario: el desarrollo.

Los impulsores de esta nueva corriente liberalizadora ubican a la administración del comercio exterior como una política pasada de moda, argumentando que la disputa para capturar inversiones multinacionales tendrá lugar entre aquellos países que garanticen las nuevas normas de juego que propugnan. Claro que de nuevas no tienen nada.

La innovación discursiva radica en promocionar la posibilidad de formar parte de la producción “made in mundo”. Las nuevas-viejas ideas no harían más que profundizar la tradicional división internacional del trabajo, ahora rejuvenecida con la localización en la periferia de los eslabones menos rentables y dinámicos de la cadena productiva global.

En resumidas cuentas, en el terreno ideológico no hay nada novedoso. Las recomendaciones de política pública continúan siendo las mismas de siempre, pero con nuevos matices. Los países en desarrollo deben garantizar la libre circulación de bienes, servicios, información y la protección de los derechos de propiedad. Pero eso sí, lo deben garantizar a costa de la profundización del desempleo estructural interno de cada uno.

Por detrás de estos argumentos, también reaparecen los oxidados modelos de crecimiento impulsados por las exportaciones, utilizando como ejemplo el paradigmático caso de los “tigres asiáticos”. Amén de que en algunos de esos países gran parte de sus trabajadores tiene bajos salarios (hecho incompatible con el desarrollo), cuando se los utiliza de ejemplo se omite señalar la importancia que tuvo la decisión estatal a la hora de dirigir el proceso de desarrollo.

El primer artículo de este segundo número de la Revista Argentina de Economía Internacional (RAEI) aborda enfáticamente este desafiante argumento desde otro ángulo de análisis. En parte porque interpela directamente a nuestro país, que en los últimos años se ha apartado de las sugerencias de los organismos internacionales al adoptar, sólo para mencionar una de entre varias cuestiones, una política económica externa cuyo objetivo es defender el valor agregado nacional. 

Pero también se refiere con especial atención a la siempre presente distancia entre el discurso y la realidad. Pareciera que los países desarrollados no titubean a la hora de utilizar cualquier herramienta de política económica (sea esta de comercio exterior o no) en pos de mantener tanto sus puestos de trabajo como sus empresas. Este fenómeno es conocido como el doble “estándar”. 

Desde el estallido de la crisis, los países que conforman el G20 acordaron establecer un compromiso de “no innovar”, que consiste en que las naciones no implementen nuevas políticas “proteccionistas”. Sin embargo, el acuerdo omite afectar a las medidas ya existentes en cada uno de los países.

Mientras tanto, la realidad nos cuenta otra historia. Los subsidios de la Unión Europea (UE) a su producción de vinos y las barreras sanitarias que sufren las exportaciones argentinas de peras y manzanas son solo dos ejemplos de este “doble estándar”. La importancia que van cobrando los “pagos por servicios medioambientales” en la ayuda interna que destinan los países de la UE a los productores agrícolas locales constituyen otro ejemplo de la ingeniería jurídica al servicio de la protección “legal”.

Otro de los artículos que se presentan en este número de la RAEI refiere a la importancia que tiene para la Argentina el mercado regional a la hora de diversificar la estructura de exportaciones. A partir del peso que tienen las manufacturas industriales y también la gran diversidad de productos exportados, los mercados latinoamericanos juegan un rol cada vez más significativo en la calidad de la inserción internacional de nuestro país. Todos estos análisis ponen en tela de juicio aquellos argumentos teóricos que establecen al librecambio como eje central de un modelo económico que lleva a los países a un estadio de crecimiento y desarrollo superior al momento previo de su instauración.

El análisis concreto, objetivo y calificado de esa realidad establece cuestionamientos sobre esas generalidades teóricas emanadas desde los principales centros de pensamiento internacional. Es así que ensayar otro camino, uno alternativo, que contemple nuestras particularidades nacionales, se convierte en condición necesaria para contribuir al debate de ideas en pos de mantener la velocidad del tren del desarrollo económico con inclusión social en el cual nuestro país transita, en medio de este verdaderamente difícil momento global.

Numeración: 
2
Tipo: 

Artículos

Autor:
Carlos D´Elía, Carlos Galperín, Gabriel Michelena y Adriana Molina
País:
Argentina
Área Geográfica:
América
Autor:
María Victoria Lottici, María Daniela Guarás, Julia Hoppstock y Carlos Galperín
Área Geográfica:
Europa
Tema General:
Autor:
Ana Laura Zamorano, Gabriel Michelena e Ivana Doporto Miguez
País:
Argentina
Área Geográfica:
Europa